Seguramente a todos y todas nos ha pasado en algún momento una situación parecida: Estamos en el supermercado, llega nuestro turno y otra persona “se cuela”, ¿cómo solemos responder? Pues en esta situación, y en otras mucho más importantes, se suele decir que hay tres maneras de responder: la asertiva (“diciéndole amablemente que estamos nosotros antes”), la pasiva (“no diciéndole nada: total por uno”) y la agresiva (“elevando la voz y diciendo “¡señora estaba yo antes, hay que fijarse un poco!”). ¿Cuál sería la correcta? Pues aquí, como en el tópico gallego, se podría decir “depende”.

Existe un cierto consenso sobre que la manera más eficaz de comunicar nuestros derechos, expresar nuestras opiniones y realizar sugerencias de manera honesta respetando a los demás, es la Asertiva.

Pero esto, que parece tan fácil, se suele complicar, como todo lo que tiene que ver con las relaciones humanas. Porque nadie es 100% asertivo/a con todo el mundo y en todas las situaciones. El asertividad se podría entender cómo, el punto medio entre dos extremos: la pasividad y la agresividad.

Así, lo habitual es que oscilemos hacia un extremo o hacia otro, dependiendo tanto de nuestra personalidad como de las distintas situaciones y contextos en los que nos vemos inmersos.

De lo que se trata, básicamente, es de no ser agresivo o pasivo de manera sistemática, ya que estos estilos de respuesta suelen alejarnos de nuestros objetivos y ser más dañinos tanto para nosotros como para los que nos rodean.

En las siguientes entradas nos centraremos, un poco más, en cada uno de estos estilos de respuesta.